martes, 25 de mayo de 2010

Historias de las primeras computadoras, en el mundo y en la Argentina

Hace sesenta años atrás, en febrero de 1946, se encendía en Estados Unidos la primera computadora digital de la historia. Mil veces más rápida que las modernas calculadoras mecánicas, era capaz de resolver en dos horas un problema de física nuclear que previamente habría requerido 100 años de trabajo humano, o de procesar los datos de las estadísticas gubernamentales mucho más velozmente que antes.
Como en el caso norteamericano, la historia de las primeras computadoras que llegaron a la Argentina, en 1960, tuvo como protagonistas a las universidades -de Buenos Aires, del Sur y de Tucumán-, aunque no contó con el apoyo gubernamental más que indirectamente, a través de institutos universitarios públicos o del Conicet. En esta nota comentamos algunos detalles de cómo se dio este proceso en el contexto local, que reformuló las tareas de la investigación científica y la manera de operar de las organizaciones que las adquirieron.
Las primeras computadoras que llegaron al país fueron dos Univac, que adoptó la empresa Ferrocarriles del Estado Argentino para reemplazar a las tabuladoras del centro de cómputos de la actual estación Plaza Miserere, del F.C.N.D.F. Sarmiento. Eran las mismas Univac que habían presentado en 1952 Eckart y Mauchly, los creadores de Eniac -la primer computadora del mundo-; provista por la empresa Sperry Rand (ex Remington). Además, en Transportes de Buenos Aires se instaló una IBM, y otra fue presentada en la Exposición-Feria del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo.
Nicolás Babini, en su libro La informática en la Argentina (1956-1966), cuenta que en esta reunión la máquina fue presentada como “Profesor Ramac” –cuyas siglas en inglés significaban Computadora Automática con Método (o procedimiento) de Acceso Directo-, repitiendo una experiencia que se había realizado dos años antes en Bruselas. Emulando a la “máquina de Turing”, Ramac contestaba preguntas del público sobre cualquier tema de historia, en diez idiomas diferentes.
Babini afirma que las dos primeras Univac se habrían anticipado a las IBM aunque, a decir verdad, no se sabe con precisión cuál de las dos computadoras arribó primero al país. Aún así, Babini prefiere imaginar una simetría entre lo ocurrido en la década del ’50 en Estados Unidos y en la Argentina de los ’60; como había ocurrido ya en otras oportunidades: con la primera máquina tabuladora, que fue instalada por primera vez en las empresas ferroviarias de ambos países; o con los primeros programadores, que fueron mujeres tanto en Filadelfia como en Buenos Aires.
En 1961, llegó al país la primera computadora de origen inglés, provista por la compañía Ferranti que, a su vez, estaba asociada a la Universidad de Manchester. La computadora se instaló en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, y se convirtió en la primera computadora científica del país. Ese mismo año llegó la primera computadora comercial, que fue la primera de difusión masiva de la historia.
En el principio fue la máquina de Turing
A comienzos de 1943, los ingenieros John Prespert Eckart y John Machly, de la Universidad de Pennsylvania, obtuvieron el permiso para iniciar la construcción de la Eniac (por sus siglas en inglés), la primera Computadora e Integradora Numérica-Electrónica, que estuvo lista varios meses después del final de la Segunda Guerra. Gabriel Guralnik describe en un artículo publicado en Página/12:
La Eniac cubría casi 1600 metros cuadrados (lo que equivale a casi un cuarto de manzana). Pesaba 30 toneladas y consumía 100 kilovatios. Sus 17.468 válvulas ocupaban pasillos y pasillos. Entre ellas, los 7.500 interruptores y los más de 7.000 condensadores y resistencias, se generaba un calor tan grande que sólo podía disiparse con unos tremendos equipos de aire acondicionado.
Por los pasillos iban y venían, todo el tiempo, técnicos encargados de cambiar los repuestos quemados. La entrada y salida de datos se llevaba a cabo con tarjetas perforadas. (…) Lo que diferenciaba a la Eniac de las máquinas anteriores no era sólo su velocidad, sino también su capacidad de combinar operaciones de distinto tipo. Así podía efectuar tareas que antes, para una máquina, eran imposibles.
Ahora bien, podemos también ver a los productos del avance científico-tecnológico como emergentes de una empresa colectiva y revalorizar, desde esta perspectiva, los trabajos que prefiguraron, en el orden de lo conceptual, las máquinas que se construyeron años más tarde. Es así que los orígenes de la primer computadora se podrían remontar a 1936, año en el que el matemático inglés Alan Turing, presentó su famosa máquina de calcular, planteando a la ciencia la pregunta de si las máquinas podían o no pensar.
Turing, quien además era criptógrafo, intervino también en el desarrollo de Colossus, una calculadora electrónica construida, entre 1938 y 1943, con fines militares, capaz de hacer operaciones lógicas que la aproximaba a una computadora. A partir de 1945, desarrolló la “máquina de calcular automática” ACE , y años más tarde participó del desarrollo de la “máquina digital automática de Manchester”.
Desde esta concepción de la ciencia como creación colectiva, se pueden contar otras historias de los objetos tecnológicos, de los investigadores que colaboraron en su desarrollo, y de los que finalmente los patentaron. El desafío de reconstruir estos relatos no es menor, si consideramos que la historia de la ciencia -y la memoria colectiva- suele asociar las leyes, teorías y tecnologías con un nombre propio. Estas historias, que comenzamos a esbozar acá en relación con las computadoras, están por hacer.

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